Raúl Pardo Geijo vuelve a ser nombrado este 2025
El Derecho Penal, el campo quizás más complicado dentro del ordenamiento jurídico, requiere siempre ser tratado por los mejores especialistas en la materia. Por eso, hoy entrevistamos al que, desde hace más de una década, es considerado en número 1 en esta rama para que nos desvele algo más allá de lo jurídico. Ha costado, pero se ha logrado.
Se trata de Raúl Pardo-Geijo Ruiz, abogado penalista de Murcia, con más de un centenar de galardones por razón de los resultados obtenidos en el ejercicio de la profesión (también por su forma de desarrollarlos) y cuyos casos, la mayoría, son desempeñados fuera de la Región, en todas las provincias de España.
No entiendo que eso sea así y de serlo –que no lo es– no puedo ofrecerle otra respuesta distinta al trabajo y actualización diaria.
Pero este año 2025 ya hay más de 30 instituciones internacionales y de España que siguen sosteniendo que es el mejor penalista
Son sólo consideraciones que pueden variar con el tiempo.
No es cuestión de quitarme mérito, simplemente entiendo –como he dicho– que son impresiones, mejor o peor fundadas, pero impresiones. En lo que a mí profesión respecta, no ha influido para nada y, de hecho, no tengo ni vitrina para colocar los trofeos.
Bueno, mis padres han sido abogados. Quizá sea algo genético, aunque, ciertamente, la vocación muchas veces se pierde cuando compruebas el verdadero estado de la justicia –casi lamentable- del cual, salvo que insista demasiado, prefiero no hablar en profundidad.
Siempre he sostenido que no hay asuntos “imposibles”; difíciles sí, pero no imposibles. En cuanto a lo que pregunta, aunque quizá puedan considerarse injustas ciertas absoluciones, lo cierto es que, gracias a eso, se perfecciona el sistema. Se pretende que un determinado error jurídico –incluso fáctico– no vuelva a suceder; que esa experiencia sea aprovechada por parte de la policía judicial, las acusaciones o el Ministerio Público de modo que, a la vez siguiente, se pueda impartir justicia en otro sentido (no se olvide que la absolución por errores también es justicia). Cuando yo ejerzo la acusación, me preocupo muchísimo de solventar esos puntos débiles que sé que pueden ser argüidos por la contraparte. Se trata –dentro de lo posible- de escudriñar todo al detalle.
No lo creo. Cada materia, según el interés que se tenga por conocerla a la perfección, tiene sus peculiaridades. Eso sí, a mi juicio, hay que estar hecho de una pasta especial porque si no puede ser una profesión inaguantable. Esa capacidad de abstracción y debida reacción, o bien la adquieres genéticamente o tienes que trabajar su consecución, algo que también forma parte del trabajo.
Los que mayor examen requieren son los que mezclan legislación internacional, pues entonces has de saberte las leyes –y a veces la jurisprudencia- del país en cuestión para comprobar si, en España, la conducta que allí se desplegó es o no constitutiva de delito. Puede que en tal país no lo sea incluso o que, siéndola, ciertas circunstancias sean banales pero aquí sí revistan trascendencia. En cuanto al tipo de delito, no; depende siempre del concreto supuesto: un asesinato puede ser muchísimo más fácil que un simple –aparentemente- alzamiento de bienes.
A priori, diferencias existen. Lo que ocurre es que me importan poquísimo (por no decir nada) los asuntos que no asumo. Me nutro, para curtirme, de la jurisprudencia (interpretación que realizan los jueces de las leyes) pero, desde luego, no de las manifestaciones y/o opiniones vertidas por los medios. No obstante, los asuntos de corrupción, en ocasiones, merecen una estrategia distinta: quizá interese desplegar todos los esfuerzos en el acto del juicio y en instrucción hacer lo técnicamente imprescindible.
Lo mismo que cuando logras que una víctima sea reparada en sus derechos. Sensación de justicia porque, si realmente no la ha habido (materialmente hablando) desde luego sí que lo ha sido por motivos de forma. No todo vale –ejemplo: confesión bajo engaño - para lograr una condena. Los éxitos prácticamente no los celebro, los fracasos me hacen mucha más mella, por eso intento –como resulta lógico– no tenerlos.
Entre las variadas definiciones de justicia –y siempre partiendo, como dice, de la presunción– existe una que, por encajar a la perfección, que responde la pregunta. Además, si la absolución la consiguiese la parte contraria –defendiendo yo a la víctima– hay que aceptarlo: son las reglas del juego que, esas sí, son sagradas, para bien o para mal.
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